VIRGEN MARÍA, ¡MÍRAME!

Lunes 02 de Noviembre del 2026
Columna de Mons. José Miguel Ortiz

 

Viene el Mes de María. Un clima variable lo espera a causa del fenómeno de «El Niño», pero no cambia la devoción que nos dejaron nuestros antepasados y que, como herencia preciosa, seguimos cultivando, con sentido de Iglesia sinodal, unidos y caminando con Cristo, Cabeza y Señor de la historia.

Cuando cantamos «María, mírame», rezamos dos veces, como enseña san Agustín, suplicando que los ojos misericordiosos de la Madre nos pongan en comunión con los ojos del Hijo, nuestro único Redentor. Así caminó Ella y nos lleva de la mano por el mismo sendero del amor de Dios Padre.

La joven Virgen, que junto a su pueblo espera la llegada del Mesías, se sorprende ante el anuncio del ángel Gabriel, pero, llena de gracia, sabe mirar y leer la Buena Noticia de la cual Ella será portadora como humilde servidora. Una mirada de plena confianza le permite llevar en su vientre, por obra del Espíritu Santo, al Esperado de todos los tiempos.

Desde la Encarnación, su mirada serena y curiosa se pregunta cómo será el varón que nacerá. En Belén llega el momento de dar a luz y su mirada de Madre recibe al Hijo; con cuidado y ternura, «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).

Desde el nacimiento del Hijo de Dios, mirará con asombro y silencio de adoración el misterio que guarda en su corazón. En Caná de Galilea advierte que falta el vino. Con su mirada atenta, se comunica con los ojos de Jesús y viene el milagro (Jn 2, 4). Se adelanta la Hora.

En el camino hacia el Calvario, Cristo, cargando la cruz, se detiene frente a su Madre. Comparten la mirada de dolor; como toda madre, Ella habría preferido llevar la cruz para evitar el sufrimiento del Hijo.

Llega la agonía. Junto a la cruz, se manifiesta la paradoja del Evangelio: en medio del inmenso dolor por la muerte, la alegría de la Mujer que da a luz y que recibe a Juan como hijo y, con él, a todos los discípulos del Señor. Luego, al recibir el cuerpo yacente, sin vida, comparte solidaria y piadosamente la pena, como toda madre que sufre por sus hijos.

Al tercer día cambia la mirada, ahora radiante por la Resurrección del Hijo. Sus ojos reflejan la luz de la Vida Eterna. Cincuenta días después, con una mirada de nuevo ardor, junto a los Apóstoles y con la fuerza del Espíritu, verá nacer la Iglesia para la evangelización de todos los pueblos.

¡Purísima Madre y Reina, míranos! Enséñanos a no quedarnos solo en las miradas, sino a imitar a tu Hijo, que contigo nos anima a poner en práctica la eterna misericordia de Dios.

Mons. José Miguel Ortiz B.