La sinodalidad: caminar juntos como Iglesia

Lunes 03 de Agosto del 2026
Columna del Pbro. Felipe Pardo Fariña, Vicario Pastoral Diócesis de Rancagua.

La sinodalidad: caminar juntos como Iglesia

La sinodalidad es uno de los temas más importantes en la vida de la Iglesia Católica en la actualidad. La palabra "sinodalidad" proviene del griego syn-hodos, que significa "caminar juntos". Este concepto expresa que toda la Iglesia, formada por obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, está llamada a recorrer un mismo camino de fe, esperanza y caridad. Caminar juntos implica escuchar la voz de Dios, dialogar con respeto, discernir la voluntad del Espíritu Santo y colaborar en la misión de anunciar el Evangelio. La sinodalidad no es únicamente un método de trabajo o una serie de reuniones, sino una manera de vivir la fe en comunidad.

La sinodalidad puede definirse como el estilo de vida y de misión de la Iglesia basado en la comunión, la participación, la corresponsabilidad y misión de todos los bautizados. Cada miembro de la Iglesia posee dones y talentos que pueden ponerse al servicio de la comunidad. Por ello, la sinodalidad invita a valorar la opinión y la experiencia de cada persona, promoviendo la escucha mutua y el diálogo fraterno para buscar siempre el bien común y la voluntad de Dios.

La importancia de la sinodalidad para la Iglesia consiste en que fortalece la unidad entre todos sus miembros y favorece una participación más activa en la vida eclesial. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha, aprende y camina unida frente a los desafíos del mundo actual. Gracias al discernimiento comunitario, se pueden tomar decisiones más acertadas y responder con mayor fidelidad a las necesidades espirituales y sociales de las personas. De esta manera, la Iglesia se convierte en un signo de fraternidad, solidaridad y esperanza para toda la humanidad.

La participación de los laicos es un aspecto esencial de la sinodalidad. Los fieles laicos, por medio de su vida familiar, profesional, educativa y social, hacen presente el Evangelio en todos los ambientes. Su compromiso no se limita a colaborar en actividades parroquiales, sino que también consiste en ser testigos de Cristo en la vida cotidiana. La sinodalidad reconoce la dignidad y la responsabilidad de los laicos, invitándolos a expresar sus ideas, compartir sus experiencias y colaborar activamente en la misión evangelizadora de la Iglesia.

El Papa y los obispos desempeñan un papel fundamental dentro del camino sinodal. El Papa, como sucesor de san Pedro, tiene la misión de mantener la unidad de la Iglesia universal y animar a todos los fieles a vivir el Evangelio con fidelidad. Los obispos, como pastores de sus diócesis, acompañan, orientan y escuchan al Pueblo de Dios, promoviendo la participación y el discernimiento comunitario. Su autoridad se ejerce como un servicio inspirado en el ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor, que vino a servir y no a ser servido.

En conclusión, la sinodalidad es una invitación a construir una Iglesia donde todos caminen juntos, escuchándose mutuamente y colaborando con generosidad en la misión de anunciar a Jesucristo. Vivir la sinodalidad significa fortalecer la comunión, promover la participación de todos los bautizados y asumir con responsabilidad el compromiso de evangelizar. Cuando cada persona aporta sus dones con espíritu de servicio y fraternidad, la Iglesia se renueva constantemente y ofrece un testimonio más creíble del amor de Dios en el mundo. Por ello, la sinodalidad constituye un camino de esperanza que ayuda a formar comunidades más unidas, participativas, misioneras y comprometidas con el bien común y con los valores del Evangelio.

En el próximo número de Rumbos me referiré a una dificultad que afecta la vivencia de la sinodalidad antes descrita: el agnosticismo ambiental. 

Pbro. Felipe Pardo Fariña.

Vicario Pastoral Diócesis de Rancagua.