Con 55 años de sacerdocio, uno de los presbíteros más longevo de la Diócesis de Rancagua recuerda su paso por distintas parroquias y comparte lo que, a su juicio, define la misión de un párroco: entregarse al Pueblo de Dios y acompañar a cada persona.
Para monseñor Francisco Cáceres, ser párroco significa, ante todo, estar cerca de las personas. A lo largo de sus 55 años de sacerdocio, ha recorrido distintas comunidades de la Diócesis de Rancagua, acompañando a familias, celebrando la Eucaristía, administrando sacramentos y compartiendo las alegrías y dificultades de quienes le fueron confiados.
En el marco de la celebración del Día del Párroco y de los Sacerdotes, que la Iglesia conmemora cada 4 de agosto en la fiesta de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, Revista Rumbos quiso recoger el testimonio de monseñor Francisco y conocer, desde su experiencia, qué significa dedicar la vida al servicio de una comunidad.
Nacido y criado en Pichilemu, creció en una familia de diez hermanos, donde la fe se vivía cotidianamente. Cada domingo participaban en Misa y cada noche rezaban el Rosario junto a su madre. “Ella es responsable que yo sea sacerdote”, recuerda, contando que su madre pedía a Dios que hubiera un sacerdote en la familia.
A los 12 años ya reconocía una inquietud vocacional. Cuando le preguntaron qué quería ser de grande, respondió: “Misionero”. El 6 de diciembre de 1970 fue ordenado sacerdote por monseñor Alejandro Durán Moreira, con el lema: “El Espíritu Santo me envió para anunciar la buena nueva”.
Su ministerio comenzó en la Parroquia Santa Gemita, donde permaneció cerca de cuatro años. Después llegó a Peralillo, comunidad que acompañó durante 21 años. También fue administrador parroquial en Alcones-Marchigüe, estuvo 12 años en Pumanque, pasó por Pichilemu-Ciruelos y posteriormente fue párroco de Graneros entre 2005 y 2015.
Cada destino fue dejando aprendizajes y rostros en su memoria. Al mirar hoy la misión del párroco, destaca especialmente la responsabilidad de acompañar al Pueblo de Dios: “La entrega del sacerdote al Pueblo de Dios, la preocupación que él tiene por cada una de las personas que viven en la parroquia”.
Esa cercanía también lo llevó a buscar nuevas formas de evangelización. Durante la pandemia, incluso ya retirado, comenzó a transmitir la Eucaristía por redes sociales y mantuvo el contacto con los integrantes de los Cursillos de Cristiandad mediante Zoom. “Ahora tengo una parroquia virtual”, comentó entonces.
Su consejo para los nuevos párrocos nace de esa experiencia: “Entregarse de verdad” y procurar ser “luz en este mundo que no es luz”.
Como reconocimiento a esta extensa trayectoria pastoral, el Papa León XIV le concedió en 2025 el título de Capellán de Su Santidad, distinción comunicada durante la celebración del Centenario de la Diócesis de Rancagua. Al recibirla, monseñor Francisco volvió a poner el acento donde ha estado siempre su ministerio: “Lo primero es agradecerle a Dios”.