Editorial

Lunes 03 de Agosto del 2026
Mensaje de Monseñor Guillermo Vera

 

Hermanos y hermanas:

 

El calendario católico del mes de agosto trae a nuestra memoria la figura de varios sacerdotes que la Iglesia venera como santos, entre ellos san Alfonso María de Ligorio, san Pedro Julián Eymard, san Juan María Vianney, san Alberto Hurtado y san Agustín, entre otros. De todos ellos, quisiera destacar a san Juan María Vianney, más conocido como el Santo Cura de Ars, a quien la Iglesia propone como patrono, especialmente, de los párrocos. Por este motivo, mirando el ejemplo de este gran sacerdote, los invito a meditar un momento acerca de la dignidad y la importancia del sacerdocio en la vida de la Iglesia y en nuestra propia experiencia de fe.

La figura de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, es un faro luminoso que nos permite comprender la esencia y la importancia vital del sacerdocio en la vida de la Iglesia y del mundo. En su fiesta, celebrar el sacerdocio es reconocer un misterio de amor que supera al hombre que lo recibe, pero que se encarna en su fragilidad para hacer presente a Cristo.

Para el Cura de Ars, el sacerdote es, ante todo, aquel que tiene el don de hacer presente a Jesús en los sacramentos. Al celebrar la Eucaristía, el sacerdote no solo cumple una función, sino que se convierte en el puente por el cual la vida de Dios fluye hacia la humanidad.

San Juan María Vianney pasó horas interminables en el confesionario. Su vida nos recuerda que la misión del sacerdote es ser el rostro de la misericordia del Padre. En un mundo que a menudo juzga, el sacerdote está llamado a ser el refugio donde el pecador encuentra, no una condena, sino el abrazo de Dios. La importancia del sacerdote radica en ser el instrumento a través del cual la gracia de la reconciliación sana las heridas más profundas del alma humana.

A menudo pensamos en el sacerdote como una figura lejana o institucional, pero el Cura de Ars nos enseña lo contrario: el sacerdote es aquel que conoce a su pueblo. Él vivía para sus feligreses, sufría con ellos, rezaba por ellos y se desvivía por su salvación. La importancia del sacerdote en la comunidad es ser aquel que, como el Buen Pastor, da la vida por sus ovejas, acompañándolas en la alegría, en el dolor, en el nacimiento y en la partida hacia la eternidad.

Finalmente, la vida de san Juan María Vianney nos recuerda que el sacerdote es un hombre llamado por Dios, con sus propias limitaciones y debilidades. La grandeza del sacerdocio no reside en las virtudes personales del hombre, sino en la fidelidad de Dios, que lo ha elegido. Meditar sobre el sacerdocio es, por tanto, una invitación a orar por nuestros sacerdotes: para que sean santos, para que no pierdan el fervor de su primer amor y para que, a pesar de sus fragilidades, sigan siendo siempre "otros Cristos" para el mundo.

Como hijos de la Iglesia, todos hemos conocido sacerdotes y a algunos de ellos les estamos profundamente agradecidos, porque nos acompañaron en momentos importantes de nuestra vida como pastores. En estos días, acompañémoslos con nuestra oración, cariño y gratitud, y oremos para que de nuestras familias continúen surgiendo los pastores que la comunidad cristiana necesita.

 

Les bendice,

+ Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua