
El misionero idente y académico de la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM), Dr. Raúl Caulier Cisterna, experto en desarrollo tecnológico y actual jefe de la carrera de Ingeniería Civil Biomédica y director del laboratorio de Biomédica traslacional, del grupo de datos e inteligencia artificial de la UTEM, conversó con Rumbos y realizó una reflexión sobre la encíclica Magnifica Humanitas, destacando especialmente el llamado del Papa a poner a la persona humana en el centro del desarrollo tecnológico.
Según explica, el documento advierte que las tecnologías no pueden reemplazar la dimensión humana ni los vínculos esenciales que constituyen a la persona. “Creo que, antes de hablar de tecnología o de cualquier otra cosa, hay que hablar de la dignidad humana, de aquello que nos hace personas. Y justamente lo que nos hace personas es esta relación con lo trascendente, con Dios, y también la relación entre nosotros”, señala.
Haciendo una lectura bien general de la encíclica, lo que veo es un llamado a la comunidad a no perder la relación que debemos tener entre las personas y también nuestra relación con lo trascendente, con nuestro Padre Celestial, con Dios, en definitiva.
Estas tecnologías que han aparecido hoy en día no son algo nuevo en la humanidad. A lo largo de la historia hemos tenido distintos choques con las tecnologías; eso ha pasado siempre, y la Iglesia siempre también ha dicho algo al respecto. Creo que eso es importante destacarlo. El Santo Padre está haciendo algo que ya hicieron sus predecesores en momentos álgidos de la historia, cuando se necesitó una guía. Los Santos Padres han publicado encíclicas que han ayudado a la humanidad a discernir y orientar las cosas hacia lo trascendente, hacia la relación humana. Y esta encíclica habla mucho de eso: de la relación entre las personas, de que las tecnologías no pueden estar en contra de esa relación.
Lo primero es tener claro qué es la dignidad humana. La tecnología es algo inerte; el ser humano es algo vivo. Por eso hay que tener cuidado al relacionar ambas cosas. No podemos pedirle a la tecnología que cambie; somos nosotros quienes debemos evolucionar en la manera de usarla.
Esto ya ocurrió durante la Revolución Industrial. Las máquinas transformaron el trabajo humano y generaron miedo. Hoy vivimos una revolución muy parecida.
Creo que nuestra actitud debe ser: no rechazar la tecnología, pero tampoco idolatrarla. Debemos aprender a usarla correctamente.
Desafíos para la Iglesia
El primer desafío es reconocer que el mensaje de Cristo es inmensamente rico y que muchas veces no hemos sabido transmitirlo bien. Pero hoy tenemos herramientas que pueden ayudarnos a hacerlo.
No debemos tener miedo. El Papa nos desafía a usar estas tecnologías como cristianos, siguiendo el ejemplo de Cristo, que iba delante de sus discípulos. Él hacía primero lo que luego pedía a sus apóstoles.
Nosotros también tenemos que aprender primero a usar estas tecnologías para apoyarnos mutuamente sin despersonalizarnos.
La Iglesia es comunidad y no podemos perder eso. Si una tecnología amenaza con romper esa dimensión comunitaria, entonces tenemos un problema. Debemos conocer estas herramientas a todos los niveles: no solo como usuarios, sino también desde las distintas disciplinas. En nuestras comunidades hay ingenieros, médicos, obreros, profesores… Todos pueden aportar desde su experiencia.
Exactamente. Podemos transmitir el mensaje de Cristo a través de las redes sociales, pero sin deformarlo. Somos custodios de ese mensaje. Si lo deformamos para adaptarlo a los tiempos, estamos haciendo algo mal.
Por eso es importante estar presentes en estas tecnologías y no temerles. Debemos transmitir el Evangelio con toda su riqueza, pero también con toda su exigencia y claridad, tal como lo hizo Cristo.
Primero, leerla de manera reflexiva y no solo informativa. Cuando habla el Santo Padre es porque está viendo algo importante y quiere que pongamos atención. Y después de la reflexión viene la acción: generar espacios de diálogo, conferencias, conversaciones dentro de las comunidades y también integrar estos temas en la catequesis.
Para mí, esta encíclica es una oportunidad. El Santo Padre ha puesto sobre la mesa un tema que a veces cuesta abordar: las relaciones humanas en medio del desarrollo tecnológico. Y la Iglesia tiene que trabajar este tema a todos los niveles: intelectualmente, pastoralmente y también en la vida cotidiana de las personas.
Además, creo que fue muy significativo que el Santo Padre citara a Tolkien (autor del libro “Señor de los Anillos”). Eso fue brillante, porque demuestra que debemos hablar un lenguaje sencillo y cercano. A veces el lenguaje filosófico cansa, pero cuando se usan imágenes y referencias que la gente entiende, el mensaje llega mucho más profundamente.
Citar a Tolkien, y especialmente una frase tan conocida por quienes han visto las películas o leído sus libros, fue una manera muy potente de conectar con las personas.
Ese es el llamado que tenemos hoy: hablar de estos temas sin miedo y entrar en diálogo con el mundo actual desde el Evangelio.