Celebramos el "Día del Trabajo" y también, desde la Creación, celebramos el "Día de Descanso", que para nosotros los cristianos es el domingo, Día del Señor. No siempre se logra una simetría perfecta entre ambos polos; junto con la cuestión salarial, la justicia trata siempre de encontrar equilibrio. "La caridad comienza donde termina la justicia".
Por el trabajo, el hombre y la mujer dan lo mejor que tienen: su actividad personal, algo suyo; no tanto su dinero o sus bienes, sino su esfuerzo, su vida misma. Por eso, todo trabajo, por muy sencillo que sea, dignifica y ennoblece a la persona que hace algo, intelectual o físicamente, por el mundo donde vive. Es la dimensión social del trabajo, la que le da sentido al esfuerzo realizado.
Las 40 horas a la semana, es un compromiso serio y responsable que permite, en la perseverancia "silenciosa" del corazón, encontrar la paz y la alegría que se logran por el trabajo bien hecho, porque así se está contribuyendo al desarrollo de la humanidad, que merece un justo descanso y, por lo mismo, la gratitud a Dios.
El Espíritu Santo sopla donde quiere; en la secuencia de Pentecostés le pediremos al Señor y Dador de Vida: "En el trabajo, descanso", que es la paz y la alegría necesarias. Con fe repetimos como trabajadores:
"Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré" (Salmo 61).
San José Obrero, ruega por nosotros.
Por Mons. José Miguel Ortiz B.