• Homilía de monseñor Guillermo Vera pronunciada durante la Misa Crismal, que se realizó el 27 de marzo en la Parroquia La Santa Cruz, de Santa Cruz.
Obispo de Rancagua llama a revalorar la Eucaristía en la Misa Crismal
• Homilía de monseñor Guillermo Vera pronunciada durante la Misa Crismal, que se realizó el 27 de marzo en la Parroquia La Santa Cruz, de Santa Cruz.
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, al acercarse la Semana Santa, espero con ansias este momento en que, reunidos obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, podamos vivir una fuerte experiencia de ser Iglesia cuando celebramos la Misa Crismal.
La restauración de la Iglesia Catedral, en la cual se está trabajando, nos permite hoy celebrar esta solemne Misa aquí junto a ustedes, hijos e hijas de esta parroquia de Santa Cruz, y hace posible que hermanos venidos de parroquias cercanas puedan participar por primera vez de esta celebración tan importante en la vida de la Iglesia. Agradezco a padre Richard y su comunidad todo el cariño manifestado para acoger a los sacerdotes venidos de toda la diócesis.
Las palabras que con cariño quiero dirigirles espero nos ayuden a todos, sacerdotes y laicos, a crecer en la fe y en el entusiasmo de construir Iglesia. Lo que comparto con ustedes son cosas que todos sabemos, pero es bueno recordarlas y sentirnos motivados a procurar que la Iglesia crezca en número y santidad. Que nuestra vida sacerdotal, la vida parroquial y la Misa que en ellas celebramos nos ayuden en esta tarea.
El Concilio Vaticano II nos enseña que: “no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene como raíz y centro la celebración de la Sagrada Eucaristía”.
Toda la acción pastoral de la Iglesia debe llevar a que todos los fieles vivan activa y devotamente la celebración de la Eucaristía; cada sacerdote y catequista ha de procurar en primer lugar vivir la Eucaristía que celebramos y que la gente entienda y vibre con los ritos y oraciones que ella lleva consigo. Todos hemos de redescubrir la grandeza e importancia de la Santa Misa.
La parroquia ha de ser una comunidad eucarística, lugar donde se reúnan los fieles a vivir y practicar la convivencia fraterna a la que nos motiva la fe. La parroquia ha de ser el lugar donde los fieles, cuya cura pastoral es realizada por un párroco, puedan reunirse para la celebración de la Eucaristía. Ésta, la Misa, es el corazón de la vida pastoral de la parroquia. Ninguna actividad de la parroquia es tan vital y formativa como la celebración dominical del día del Señor.
En la parroquia, el párroco, que es su pastor propio en unión con el obispo, configura en gran medida la vida de la comunidad. Lejos de limitarse a cumplir rutinariamente sus funciones, ha de sentirse impregnado de la caridad pastoral que nos ha de apremiar.
La parroquia necesita absolutamente, para que sea asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que “la presida in persona Christi”, dando un testimonio y un servicio de conversión. Todo párroco debe ser signo de comunión en medio de su comunidad, y de ella con toda la diócesis y sus diferentes actividades. No podemos encerrarnos solo en nuestro quehacer parroquial, por bueno que sea; hay que participar con fe y con todo el corazón en las actividades decanales y diocesanas. Sacerdotes y laicos hemos de sentir que estamos en una barca donde todos remamos para llegar al puerto de la salvación.
El sacerdote en la parroquia ha de ejercer su ministerio con caridad pastoral y conducir la comunidad que se le ha confiado al encuentro con Jesucristo, Buen Pastor. El párroco ha de ser, como sin duda lo procuran cada uno de ustedes, hermanos, muy humano, buen comunicador, trabajador incansable, caritativo siempre, incluso cuando debe corregir. Su vocación exige que sea signo de unidad; ha de configurarse a Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia.
El párroco, entre las múltiples ocupaciones que tiene, debe procurar que los fieles sean conscientes de que participar en la Misa, más que una obligación, es un inmenso don, y ha de hacer lo posible para que participen activa y dignamente en ella. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con participación plena en la vida de la comunidad, sin tomar parte en la asamblea eucarística cada domingo. “Sin el domingo, sin la Misa no podemos vivir”, decían un grupo de cristianos en los inicios de la Iglesia, en medio de persecuciones. Espero que hoy, con renovado entusiasmo, podamos, hermanos y hermanas, decir lo mismo.
La parroquia
Con todo, la parroquia no es solo el lugar donde se celebra la Misa; la parroquia es el lugar donde los fieles han de encontrar a un sacerdote para oír sus problemas, sus deseos e ilusiones. La parroquia es el lugar de la acogida y del consuelo. Hermanos curas, hemos de gastar horas “estando” y, en ese estar, dedicando tiempo a la confesión, siendo instrumentos de perdón y reconciliación. Procuremos, en cuanto sea posible, que en cada una de nuestras comunidades, especialmente en los campos, se experimente lo mismo; que podamos hacer un calendario de visitas que nos permita estar un poco más allá de la Misa.
En la parroquia, el párroco ha de predicar siempre. Ha de hablar de Jesucristo, de un Jesús cercano que ilumina las situaciones concretas de cada día. La predicación ha de prepararse bien: prédicas con un lenguaje claro y asequible, con palabras que la gente pueda entender, que la palabra de Dios toque la vida de las personas y las ilumine. Hoy, al celebrar los 800 años de la muerte de san Francisco, les recuerdo lo que él decía a sus frailes: “prediquen siempre y, si es necesario, hablen”. Hermanos curas, permita Dios que ustedes y yo prediquemos siempre, que nuestra vida y disposición a servir sea una gran predicación.
Junto a todo lo anterior, es de capital importancia, en los tiempos que vivimos, la activa participación de los laicos en la vida parroquial, para que con ellos las actividades pastorales y caritativas se multipliquen y que así en el mundo brille la esperanza cristiana. Una Eucaristía bien vivida ha de llevarnos a un mejor compromiso de participación. Gracias, hermanos y hermanas aquí presentes, por todo el bien que hacen con sus distintos servicios pastorales y por mantener la fe en sus familias y ambientes.
La parroquia, donde se celebra y vive la Eucaristía, ha de ser la escuela de la caridad; ella debe motivar a que muchos se comprometan generosamente en el servicio de las personas. La Eucaristía fue siempre y debe ser ahora la más profunda revelación y celebración de la fraternidad humana. Muchas son las necesidades que descubriremos a nuestro alrededor, meditando las Escrituras y celebrando la fe; los animo a una especial preocupación y cercanía con los adultos mayores, no pocas veces muy solos. Que en nuestras comunidades haya lugar para ellos y para trabajar con ellos, animando sus vidas. Fomentemos los grupos de adultos mayores, donde ellos puedan encontrarse, rezar, sentirse queridos y acompañados. Agradezco al P. Manuel Peña, que durante años ha acompañado la pastoral de adultos mayores, y también a las religiosas que, en nuestra diócesis -en Rancagua, San Fernando, Chépica y Santa Cruz- acompañan la vida y preparan para el cielo a tantos mayores en los hogares que ellas llevan adelante.
En la parroquia y en la celebración de la Eucaristía se ha de tener en cuenta a las distintas generaciones. Les pido a todos que tengamos una especial preocupación también para que los jóvenes sean invitados a participar de ella, que podamos acompañarlos para que se encuentren con Jesús. Seamos creativos en esto; que la pastoral juvenil pueda ayudarnos a llevar a los jóvenes a Jesús y a la participación fructuosa de la Santa Misa. Promovamos el encuentro y diálogo de jóvenes y niños con los adultos mayores: que conversen, que compartan vivencias. ¿Por qué no motivar a que los grupos de primera comunión y confirmación preparen onces y encuentros con los grupos de mayores? Todos se llenarían de vida y esperanza; la vida de todos sería más eucarística. Que los colegios llevados por sacerdotes y religiosas en nuestra diócesis, todos tan prestigiosos, sean lugares donde se enseñe a nuestros jóvenes a vivir la Eucaristía con fervor y de ella saquen fuerzas para servir mejor.
Por amor al misterio de la Eucaristía, se han levantado templos hermosos para celebrarla. La iglesia que nos acoge, y tantas en toda la diócesis, dan testimonio de ello. Agradezco a mis hermanos sacerdotes y a tantos laicos, especialmente queridas mujeres, que mantienen tan limpios y hermosos nuestros templos y capillas; que nuestras iglesias sean el lugar donde nos sentimos convocados, donde el orden, la limpieza y la belleza nos ayuden a encontrarnos con Dios, que sean el lugar siempre abierto donde poder encontrarnos con el Señor.
Si en la Eucaristía, misterio de la fe, vivenciamos la presencia permanente y misteriosa del Señor resucitado, esto ha de llevarnos a un renovado impulso misionero, de querer llevar a todos a un encuentro con Jesús. Toda parroquia debe distinguirse por su impulso misionero. Hoy no podemos quedarnos esperando a los que vengan, sino que hemos de salir a anunciar lo que creemos y a invitar a que muchos se acerquen a conocer a Jesús y llenarse de su gracia y amor. Seamos creativos para salir; que cada parroquia, durante el año, tenga salidas misioneras a los barrios, ferias, plazas, cementerios; que en nuestras parroquias haya procesiones.
Hermanos y hermanas: vivamos y fomentemos todos, sacerdotes y laicos, la asistencia a la Misa dominical; que en cada parroquia cada uno encuentre su espacio de acogida fraterna y en ella podamos sentarnos en la misma mesa para comer del mismo pan y beber del mismo cáliz, que son Cuerpo y Sangre del Señor.
Que la Virgen Santa, mujer eucarística, porque toda su vida fue acoger a Cristo, entregarse a Dios y vivir en unión con Él sirviendo siempre, nos ayude a nosotros a vivir siempre este admirable misterio de la Eucaristía.
“Oh, sagrado misterio, en el que Cristo es nuestra comida,
hacemos memoria de su pasión, el alma se llena de gracia
y se nos da prenda de la vida eterna”.
Hermanos y hermanas, vivamos ahora este solemne momento en que sus sacerdotes, ante Dios y ustedes, renovamos nuestro compromiso de servicio ministerial. Delante de ustedes, de quienes recibimos tanto cariño, empeñaremos una vez más nuestra palabra ante Dios de querer acompañarlos y servirlos. Recen para que nuestras palabras sean de verdad y ustedes vean en nosotros hombres que, como Cristo, nos entregamos para que tengan vida.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua