Así lo proclama la Palabra de Dios en el libro del Eclesiastés o Qohélet (3, 1-8): hay “tiempo para nacer y tiempo para morir”, “tiempo para plantar y tiempo para cosechar”…
De acuerdo con nuestra experiencia, marzo es el tiempo para reemprender las actividades después de las vacaciones. Con el descanso se ha podido revisar el año y proyectar o renovar propósitos. Para todo necesitamos tiempo y hay que aprovecharlo, porque “tiempo que se va no vuelve”. Jesucristo es el tiempo de Dios eterno en la historia; con su muerte y resurrección nos enseña que la clave de la felicidad o bienaventuranza está en morir un poco para vivir.
El ciclo litúrgico nos marca, paso a paso, la trayectoria: así viviremos la Cuaresma este mes y seguiremos adelante con las distintas vivencias del año, hasta la eternidad.
El tiempo de la Iglesia favorece los pasos de los peregrinos hacia la salvación; así nos pone en comunión con el “Hoy de Dios”, que profesamos con fe.
El año pasado se celebraron 1700 años del Concilio de Nicea, en la actual Turquía. Allá estuvo el Papa León XIV junto a los jefes de otras confesiones cristianas para testimoniar que el tiempo de Dios es el amor, que logra el diálogo, la comprensión y el respeto de la dignidad de todas las personas.
El Espíritu del Señor nos anima a orar con el Salmo 89, 4: “Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna”. En la sucesión del tiempo, de las épocas y generaciones, el amor de Dios es lo único que perdura, como una vela que no se apaga.
Santa María de la Esperanza, ¡ruega por nosotros!
Mons. José Miguel Ortiz