Editorial

Lunes 02 de Marzo del 2026
Mensaje de Monseñor Guillermo Vera Soto, obispo de Rancagua.

 

“Nuestro Salvador, en la última cena, la noche en que lo traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, y confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera”. Con estas sencillas y solemnes palabras nos habla la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, de la grandeza e importancia de la Santa Misa en la vida del cristiano.
Si vamos a los comienzos de la Iglesia, veremos que la práctica era recibir el Bautismo; luego, el obispo ungía con el óleo, entregando así el sacramento de la Confirmación, y el neófito —así se llamaba a los que recibían los sacramentos— participaba de la Santa Eucaristía, y todo esto en la noche de Pascua. Quedaba de esta forma manifiesto que la cumbre de la vida cristiana es la Eucaristía.
Al iniciar un nuevo año en la tarea evangelizadora en nuestra Diócesis de Rancagua, deseo invitar a todos a que podamos poner todo nuestro empeño para que nosotros, agentes pastorales, y todos a quienes queremos acompañar en las distintas catequesis —niños, jóvenes y adultos— podamos valorar con más intensidad y celebrar con mayor reverencia y fe la Santa Eucaristía, de manera especial cada domingo. La vida cristiana ha de ser una búsqueda constante de intimidad con Jesús, y es en la Eucaristía donde Él se nos da; por lo tanto, hemos todos de gustar de ella.
Todos los agentes pastorales participemos cada domingo de la Santa Misa y, en los lugares más lejanos, en aquellos días que les corresponda en su sector. Aunque los más alejados no puedan asistir cada domingo, pueden participar de ella a través de la radio o la televisión. Animemos a que nuestra gente haga lo mismo, de manera especial quienes están participando en la catequesis. No puede ser que quienes van a recibir la Primera Comunión, la Confirmación o cualquier otro sacramento no conozcan, no valoren, no sientan la necesidad de lo que ha de ser el centro de la vida cristiana.
Quienes somos agentes pastorales, sacerdotes, diáconos o catequistas tenemos la gran misión de procurar, con solícito cuidado, que nosotros mismos y nuestros hermanos no asistamos a la Misa como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiendo bien, a través de los ritos y oraciones, participemos todos consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada; que en ella nos dejemos instruir por la Palabra de Dios, nos fortalezcamos en la mesa del Señor, sea el gran momento para agradecer a Dios y aprendamos a ofrecernos a nosotros mismos junto a la hostia inmaculada.
Nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana… En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua… Por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna, cuando Dios será todo en todos… En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe”.
Con razón, entonces, es bueno seguir cantando como nuestros mayores lo hacían: “Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar”, a lo que hermosamente unían: “y la Virgen concebida sin pecado original”.
Qué Dios les bendiga.

Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua