
Durante todo el presente año, la Diócesis de Rancagua ha conmemorado con gratitud y esperanza sus primeros cien años de vida, recordando su origen y su fecundo caminar pastoral junto al pueblo de Dios en la Región de O’Higgins. Uno de los hitos más significativos de este tiempo jubilar fue el encuentro masivo en el estadio de San Fernando, donde el pasado domingo 9 de noviembre se celebró la Santa Misa, expresión visible de una Iglesia viva, unida y agradecida.
Rescate de nuestra historia
La fecha de la creación de la Diócesis de Rancagua fue el 18 de octubre de 1925, día en que se creó junto a otras seis Iglesias particulares en Chile. Este tiempo de celebración ha estado marcado por el recuerdo de hitos y personas que han marcado profundamente la identidad eclesial de Rancagua.
Uno de estos hitos, se recordó el pasado domingo 14 de diciembre, pues se cumplieron cien años de la promulgación de tres bulas pontificias vinculadas al nacimiento institucional de la diócesis.
Estos documentos, emitidos durante el pontificado del Papa Pío XI —aunque firmados por el cardenal Octavio Caggiano—, están directamente relacionados con el nombramiento de monseñor Rafael Lira Infante como primer obispo de Rancagua. Su valor histórico y eclesial permite comprender mejor los inicios del pastoreo episcopal en esta zona del país.
Las bulas fueron encontradas recientemente en el archivo diocesano, como parte de un trabajo sistemático de rescate y puesta en valor del patrimonio documental de la Iglesia local. Esta labor está siendo impulsada por la Secretaría de la Vicaría Pastoral de la Diócesis de Rancagua, en coordinación con la curia diocesana, y busca restaurar, conservar y difundir estos testimonios fundamentales de la historia eclesial.
“Es una alegría ir conformando poco a poco esta riqueza histórica local, y ponerla en un futuro cercano a disposición de la comunidad eclesial y de la región de O’Higgins”, señala el padre Hugo Yáñez, secretario de la Vicaría Pastoral.
Este esfuerzo no solo preserva documentos, sino que fortalece la memoria, identidad y sentido de pertenencia de la comunidad diocesana. Con esperanza, se avanza en el compromiso de poner esta riqueza histórica a disposición de la Iglesia y de la Región de O’Higgins, como un legado vivo para las futuras generaciones y un impulso renovado para la misión evangelizadora.