
Hermanos y hermanas:
Todo comenzó en Galilea, sí, ahí junto al lago de Galilea, rodeado de verdes colinas donde pastaban los rebaños y donde los pescadores a diario se preparaban para salir a sus faenas, el Señor Jesús comenzó su misión, invitando a que algunos le siguieran y colaborarán con él.
Aquellos hombres, cuyos nombres conocemos y que llamamos apóstoles fueron invitados en primer lugar para que estuvieran con Jesús, lo escucharan, aprendieran de él, y luego para ser enviados a evangelizar. Desde un comienzo, mujeres piadosas acompañaban a Jesús y sus amigos, siendo un importante apoyo en la tarea evangelizadora.
Luego de la muerte y resurrección del Señor y cuando él vuelve a la gloria del Padre, da a los suyos la misión de ir por todo el mundo a anunciar el Evangelio y bautizar aquellos que creyeran. Pronto se dio la ocasión de que el Evangelio fuera conocido más allá de Jerusalén.
En un primer momento, fue la persecución la que hizo que los discípulos salieran de la ciudad y fueran a diversos lugares, donde no pudieron callar lo que habían visto y oído; proclamaban con fuerza y alegría aquel mensaje que había cambiado sus vidas, hablaban sin miedo de aquel Jesús que reconocían como su Dios y Salvador.
Más tarde, los apóstoles emprenderán viajes más largos, por caminos no siempre fáciles, a pie, o subiendo a algunas barcas que los llevarán a Grecia, más tarde a Roma, así el Evangelio se fue expandiendo y en el corazón de tantos hombres y mujeres encontró tierra buena en los cuales pudo dar muchos frutos.
La familia fue un lugar precioso donde la fe cristiana encontró acogida y donde fue cuidada y enseñada; la familia se convirtió en el lugar propio de evangelización y de catequesis.
Con el paso del tiempo y el fervor de los creyentes, no sin persecuciones, el cristianismo fue cubriendo la tierra. En tiempos más cercanos a nosotros, en tres carabelas que salieron de España junto a los conquistadores llegó también a América, el misionero; y así un continente nuevo comenzaba a conocer la grandeza del Evangelio.
Prontamente, esta buena noticia llegaría también hasta nosotros: hace 475 años se plantó la Cruz del Señor en esta tierra, que hoy conocemos como en la región de O’Higgins. A partir de ese momento, los hijos de esta tierra pusieron su esperanza en Jesús muerto y resucitado y en la Virgen que como madre hacía sentir su ternura en los hijos e hijas que ahora la conocían, el ejemplo de Santos animó la vida de muchos que se sintieron protegidos en el camino de la vida y con testimonios valientes, que los animaba a mantener la esperanza en las luchas de cada día y buscar el cielo prometido.
La fe hizo que surgieran parroquias, escuelas, dispensarios, tantas obras de apostolado y caridad, con las cuales se manifestaba el poder del Evangelio que viene para dar vida.
La fe fue madurando, la Iglesia se fue consolidando en esta tierra. Hoy, reconocemos agradecidos el trabajo y el testimonio de sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas, familias cristianas, diáconos, que aportaron con su trabajo y testimonio para que la fe católica pasara a ser parte fundamental en la vida de la gente de esta región.
Hace 100 años atrás, habiendo madurado ya la fe, el Santo Padre Pío XI, creó la diócesis de Rancagua, desmembrándola de la arquidiócesis de Santiago; en ese momento se reconoció todo el trabajo evangelizador que se había realizado desde 1550, y se definió, entonces, que esta porción de la Iglesia podía pasar a ser una diócesis, es decir, una iglesia particular, con un obispo a la cabeza, y con un presbiterio como colaborador del obispo en la tarea evangelizadora. Junto a los sacerdotes, tantos hombres y mujeres que aportan con su trabajo, carisma y generosidad para plasmar obras de evangelización y caridad que manifiestan la fe.
Hoy, celebramos el centenario de nuestra diócesis y lo hacemos con espíritu agradecido. Recordamos la historia del tiempo recorrido, miramos rostros a los cuales mucho debemos, y nos proyectamos como peregrinos de esperanza en este año Santo, hacia el futuro. Esta diócesis de Rancagua es para cada uno de nosotros un don y una tarea. Esta Diócesis de Rancagua, hermosa por su geografía y más hermosa por su gente y la fe que ella vive, es un gran desafío para nosotros católicos.
Por esto, hermanos y hermanas, como su obispo, los animo a que podamos celebrar con espíritu agradecido, festivo y orante este centenario de nuestra iglesia diocesana. Preparémonos para participar con gozo y entusiasmo de la gran celebración Eucarística, que el día 9 de noviembre a las 15:00 horas, celebraremos en el Estadio Municipal de la ciudad de San Fernando. Es ahí donde queremos juntos, alabar y bendecir al Señor, alegrarnos por ser cristianos católicos, y deseamos comprometernos en esa proyección misionera y de servicio para los tiempos nuevos que el Señor nos regala.
Hermanos y hermanas: Jesús, nuestro Dios y Salvador, nos convoca, para derramar sobre nosotros su abundante bendición. Como pueblo peregrino, acompañados por la Virgen Santa, por Santa Rosa de Lima, San Andrés, San Judas Tadeo y San Expedito, peregrinemos ese 9 de noviembre y, en el gozo de la fe, recibamos también la indulgencia de este año Santo jubilar que nos disponga a trabajar con renovado entusiasmo en la tarea evangelizadora.
Somos deudores de un gran trabajo pastoral realizado por quienes nos han precedido, ahora con creatividad, con perseverancia, con esperanza, con fe, sigamos el trabajo de sembrar en el corazón de los hijos e hijas de esta tierra la semilla del Evangelio para que todos puedan tener vida y vida en abundancia.
+ Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua