En su mensaje, monseñor Guillermo Vera invita a las familias y comunidades a acompañar a los jóvenes en sus decisiones de vida, animándolos a seguir a Jesús, poner sus talentos al servicio de los demás y convertirse en protagonistas de un mundo más justo y esperanzador.
Muy queridos hermanos y hermanas:
El mes de octubre pasa rápido y podemos decir que ya estamos llegando al final del año, un tiempo de muchas actividades en la vida de cada uno de nosotros. Pienso también en la vida de la Iglesia: ¡cuántas Confirmaciones, cuántas Primeras Comuniones!
Como obispo, me corresponde visitar las distintas comunidades parroquiales y acompañar la vida de tantas familias con sus jóvenes que piden el sacramento de la Confirmación. Sin duda, esto es motivo de mucha alegría y esperanza para mí y para toda la Iglesia.
También pensemos en la vida de nuestros jóvenes, especialmente en aquellos que están terminando sus estudios en los colegios. Para ellos, es un tiempo de discernimiento, de preguntarse: «¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a continuar nuestros estudios?».
Creo que es importante poder acompañarlos en esta etapa tan importante de sus vidas y animarlos.
Sin duda, para una familia que ve que uno de los suyos está terminando sus estudios y proyectándose hacia el futuro, pensando qué va a estudiar y cómo va a desarrollar los talentos que ha recibido, esto es motivo de alegría y también de una sana preocupación. Entonces, la pregunta es: ¿cómo podemos vivir esta etapa de la vida de nuestros jóvenes desde el punto de vista de la fe?
No olvidemos que quienes primero siguieron al Señor eran personas deseosas de cambiar el mundo, de hacer nuevas todas las cosas. Es propio de los jóvenes querer transformar la realidad y llevar un poco más de esperanza a las circunstancias que nos toca vivir.
Los insto a que acompañemos la vida de nuestros jóvenes con nuestra cercanía, nuestro cariño, nuestra oración y también con la experiencia que los mayores hemos ido adquiriendo a lo largo de la vida. Por lo mismo, ¡qué importante es dialogar, compartir ideas y animar así la vida de aquellos que hoy deben tomar decisiones tan importantes para su futuro!
Palabras del Papa Francisco
Recuerdo al Papa Francisco, que siempre quiso estar muy cerca de los jóvenes y motivaba a sentirse responsables de ese mundo nuevo con el que soñamos. Pero ese sueño no puede quedarse solamente en eso: en un sueño. Hay que trabajar, hay que ir dando pasos. Cada uno puede aportar lo suyo.
Para eso, el Papa Francisco, con esa forma tan suya de hablar y de crear expresiones nuevas, les decía a los jóvenes: «No balconeen la vida, métanse en ella como Jesús». Es decir, ¡jóvenes, no miren la vida como desde un segundo piso, desde un balcón, sino que comprométanse, caminen con la gente, participen de sus alegrías y dolores, compartan sus sueños e infúndanles esperanza con su vida, su trabajo, su alegría y su dedicación!
Ese buen ejemplo lo vemos tantas veces, todos los años, cuando observamos a tantos jóvenes universitarios o de enseñanza media que, durante sus vacaciones, dedican parte de su tiempo a estar con la gente en lugares quizá más alejados, más pobres o vulnerables. Llevan la alegría de la juventud y trabajan junto a esas comunidades. Allí levantan capillas y sedes comunitarias; arreglan casas que están deterioradas, en las que quizá viven adultos mayores, y llevan un poco de esperanza. Se comprometen, en lugar de mirar desde un balcón lo bueno o lo malo que puede haber a nuestro alrededor. No critican desde la altura, sino que sienten con los demás, comparten con ellos y, de esa manera, se van preparando para cuando les toque asumir responsabilidades en sus propias vidas. Así podrán colaborar, con mayor entrega, en la transformación de nuestro mundo.
El Santo Padre invitaba entonces a los jóvenes a no ser espectadores pasivos de lo que sucede, sino a colaborar con lo bueno y a convertirse en agentes de cambio frente a aquello que está mal.
Por eso, también la crítica y el descontento de los jóvenes, cuando se expresan de buena manera a través del diálogo y de acciones concretas para hacer cosas nuevas y mejores, pueden contribuir a que el mundo vaya cambiando. El Papa también les decía: «Queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a vegetar, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a dejar huella».
Los animaba y los interpelaba. Les decía que existe una peligrosa parálisis para los jóvenes que muchas veces es difícil de identificar. Y agregaba: «Me gusta llamarla la parálisis que nace cuando se confunde felicidad con un sofá».
Sí, creer que para ser felices necesitamos un buen sofá, uno que nos permita estar cómodos, tranquilos y seguros. Un sofá como los que hay ahora, modernos, con masajes adormecedores incluidos, que nos garantizan horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar horas frente a la computadora.
«Amigos», les decía el Papa a los jóvenes, «Jesús es el Señor del riesgo, es el Señor del siempre más allá. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad».
Para seguir a Jesús hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que nos ayuden a caminar por caminos nunca soñados y mucho menos pensados; caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría y entregar esperanza.
Sin duda, la mayoría de nuestros jóvenes están dispuestos a ponerse esos zapatos que los ayudan a caminar por nuevos senderos, caminos que ellos mismos tendrán que ir abriendo con esfuerzo y sacrificio.
Por eso, en este tiempo en que cada joven va discerniendo qué quiere estudiar y qué quiere hacer con su vida, es importante preguntarse dónde puede servir mejor, dónde puede llevar un poco más de alegría y esperanza. Se trata de atreverse a recorrer nuevos caminos para sembrar alegría.
Pienso en aquellos jóvenes a quienes me toca acompañar todos los fines de semana en las distintas comunidades y que reciben el sacramento de la Confirmación. Al confirmar su fe, están diciendo: «Quiero seguir a Jesucristo; quiero seguir a ese Señor, a ese Dios que se hace hombre, a ese Dios que se arriesga, que sirve, que enfrenta el sufrimiento, que critica aquello que está mal y valora aquello que está bien».
Es Dios que nos invita a llevar una vida comprometida, animando la vida de tantos, llevando esperanza, levantándonos de nuestras caídas y ayudándonos a mirar el futuro con más optimismo y confianza, siempre que nos comprometamos con nuestro presente y trabajemos para hacer que las cosas sean un poquito mejores.
Por eso, ¿cómo no acompañar la vida de nuestros jóvenes en estos tiempos de decisión? En este tiempo en que confirman su fe y deben decidir qué van a estudiar y qué van a hacer con sus vidas, es importante que cuenten con el cariño y la cercanía de los mayores, con todo nuestro apoyo.
Que cada familia haga todo lo posible para que esos deseos de crecer y servir puedan hacerse realidad, y que a nuestros jóvenes no les falte lo necesario para estudiar. Pero también estemos ahí para apoyarlos con nuestra oración.
Que sepan que no están solos, que sepan que confiamos en ellos y que son motivo de gran esperanza para todos. Acompañemos a nuestros jóvenes. Acompañémoslos con nuestra oración.
Dios les bendiga
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua