Hermanos y hermanas:
Al celebrar el último domingo de septiembre el Día de la Oración por Chile, comparto con ustedes parte de la Homilía que pronuncié en el Te Deum del 18 de septiembre, invitándolos a que juntos construyamos un Chile guiado por la fe, la esperanza y el compromiso con el bien común:
“Quisiéramos que Chile sea una nación donde Dios esté presente. Los que creemos, tratemos entonces de vivir de acuerdo con nuestra fe y procuremos actuar de acuerdo con ella. Porque el alma de Chile es creyente, hoy rezamos. Queremos seguir proclamando lo que nuestros mayores hicieron canto: «A Dios queremos en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar».
A quienes no creen queremos anunciarles, y también recordarlo a los que nos decimos creer, «que Dios nos ama a todos, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que Él está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Que
los cristianos queremos ser portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras».
La Sagrada Escritura, libro de la fe que compartimos la mayoría de los chilenos y que en esta celebración nos ilumina con su enseñanza, nos relata el episodio de la torre de Babel, y el Papa León nos recuerda, en la encíclica Magnifica Humanitas, que no debemos olvidar que una sociedad construida solo con esfuerzo humano, sin comunión entre todos, se vuelve en contra del hombre mismo.
La tentación de Babel fue construir la grandeza centrada en el ser humano y sin referencia a Dios; esto trajo la confusión de lenguas. Hoy, en nuestro mundo, podemos caer en la desgracia de no entendernos ni siquiera en nuestra propia lengua, porque, dejando de lado a Dios, pueden cambiar de significado las palabras esenciales como: amor, familia, matrimonio, entre otras.
Como creyentes, pedimos a Dios que nos conceda la gracia de saber entendernos, de sentirnos todos comprometidos en la construcción de un futuro que nos pertenezca a todos. Esto implicará: diálogo sincero, acuerdos, mirada en común, asumir responsabilidades, vencer egoísmos, no cerrarnos a los impulsos del Espíritu.
En Babel, lo que parecía sería una gran obra quedó a medias y fue causa de dispersión y fracaso. El hombre solo, solo queda.
Por otro lado, el Papa nos recuerda también aquel episodio bíblico que encontramos en el libro de Nehemías. Israel ha estado cautivo, tiene la posibilidad de volver a su tierra y a una Jerusalén totalmente destruida. Nehemías reza, ayuna, pide por su pueblo y, en espíritu de comunión, convoca a familias y grupos y les confía a cada uno un tramo de muralla para reconstruir. Él escucha los temores, coordina esfuerzos y hace frente a las oposiciones.
La ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo un pueblo. ¡Cuánto tenemos que aprender de este relato histórico, aprender a trabajar en comunión!
Por eso, hermanos, a ustedes, queridas autoridades, que son los nuevos Nehemías, y a cada ciudadano, en este Te Deum les recuerdo:
Dios nos mira con cariño. El Dios en el cual creemos también cree en nosotros. El Señor nos dice: «Yo los he escogido a ustedes y quiero que vayan y den fruto». ¿Y qué frutos son esos? Entre otros, San Pablo nos recuerda: «El que sirva, sirva bien; el que ocupa un puesto de responsabilidad, desempeñe su cargo con cuidado; esfuércense, no sean flojos y, en cuanto de ustedes dependa, procuren estar en paz con todos».
Grande es la tarea, pero contando con Dios y creyendo en lo importante del diálogo sincero y del trabajo en equipo, es posible. Chile lo necesita; Chile nos necesita a todos. Chile, una mesa para todos”.
Virgen del Carmen, Reina de Chile, ¡salva a tu pueblo que clama a ti!
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua