Muy queridos hermanos y hermanas:
Hemos iniciado el tiempo santo de la Cuaresma, este peregrinar hacia Semana Santa para poder celebrar así los misterios centrales de nuestra fe: el misterio pascual, el misterio de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Para ir creciendo en un ambiente de mayor espiritualidad, para poder revisar mejor nuestra vida y para alentarnos unos a otros a una mayor fidelidad al Señor, a vivir nuestra fe, a vivir el Evangelio, quiero compartir con ustedes una carta que escribió el Papa san Clemente I, el cuarto Papa de la Iglesia, es decir, en los comienzos de la Iglesia.
Es hermoso formar parte de esta Iglesia ya dos veces milenaria, que sigue tratando de seguir los pasos del Señor. En esa oportunidad, el Papa escribió a los cristianos, a los católicos que vivían en Corinto, así como lo había hecho san Pablo anteriormente. Creo que esta carta del Papa Clemente I tiene mucha validez hoy día y nos anima, entonces, a vivir con mejor espíritu este tiempo de Cuaresma. Dice lo siguiente:
«Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos de Dios, su Padre, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión. Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo, en cualquier época, el Señor ha concedido la oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él. Noé predicó la penitencia y los que le hicieron caso se salvaron. Jonás anunció la destrucción a los ninivitas, pero ellos, haciendo penitencia de sus pecados, aplacaron la ira de Dios con sus plegarias y alcanzaron la salvación, a pesar de que no pertenecían al pueblo de Dios.
Los ministros de la gracia divina, inspirados por el Espíritu Santo, hablaron acerca de la conversión. El mismo Señor de todas las cosas habló también de la conversión, avalando sus palabras con este juramento: “Por mi vida —dice el Señor—, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta”, añadiendo además aquellas palabras tan conocidas: “Cesen de obrar mal, casa de Israel; digan a los hijos de mi pueblo: aunque sus pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como la grana y rojos como escarlata, si se convierten a mí de todo corazón y dicen: ‘Padre’, los escucharé como a mi pueblo santo que son”.
Queriendo, pues, que todos los que Él ama se beneficien de la conversión, confirmó aquella sentencia con su voluntad omnipotente. Sometámonos, pues, a su espléndida y gloriosa voluntad e, implorando humildemente su misericordia y benignidad, refugiémonos en su clemencia, abandonando las obras vanas, las riñas y la envidia, cosas que llevan a la muerte.
Seamos, pues, hermanos humildes de espíritu; abandonemos toda soberbia y altanería, toda insensatez, y pongamos por obra lo que está escrito, pues dice el Espíritu: “No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza. Quien se gloríe, que se gloríe en el Señor”, buscándolo a Él y obrando el derecho y la justicia, recordando sobre todo las palabras del Señor Jesús, con las que enseña la equidad y la bondad. En efecto, Él dijo: “Sean misericordiosos y alcanzarán misericordia; perdonen y serán perdonados; como hagan ustedes, así se hará con ustedes. Den y se les dará; no juzguen y no serán juzgados; y, en la medida en que sean benignos, experimentarán la benignidad: con la medida con que midan, se les medirá a ustedes”.
Por eso, hermanos y hermanas, ajustemos nuestra conducta a estos mandatos y así, obedeciendo a sus palabras, comportémonos siempre con toda humildad. Dice, en efecto, la Palabra: “En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras”.
De este modo, imitando las obras de tantos otros grandes e ilustres, corramos de nuevo hacia la meta que se nos ha propuesto desde el principio y que es la paz. No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo y tengamos puesta nuestra esperanza en la generosidad y exuberancia del don de la paz que nos ofrece».
Hermanos y hermanas, en este mismo espíritu caminemos nosotros esta Cuaresma. Y les recuerdo: vivamos y seamos partícipes de la Campaña de Cuaresma de fraternidad: pensemos, recemos y ayudemos a nuestros hermanos mayores a que tengan más paz y más esperanza.
Dios les bendiga.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua