MOHAMED BOUCHIKHI

Martes 01 de Junio del 2021
"La amistad de Pierre y Mohammed es el mejor testimonio de diálogo interreligioso, más aún que las charlas, conferencias, escritos, encuentros en torno al diálogo interreligioso. Ambos reflejaron una profunda espiritualidad, cada uno desde su mirada de fe, y lo supieron demostrar en su sincera amistad y en el momento final de sus vidas, con su sangre mezclada de mártires".

El día de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de 2018 fueron beatificados en la iglesia de Notre-Dame de la Santa Cruz en la ciudad de Orán, Argelia, al norte de África, diecinueve mártires en ese país de inmensa mayoría musulmana. Este país es la patria de san Agustín, de la ciudad de Hipona, en el antiguo Imperio Romano, actual Bona. San Agustín, podemos decir, es argelino. También es la tierra de san Cipriano y Tertuliano. Argelia es una nación que fue colonia francesa hasta 1954 y después de una guerra de liberación que duró ocho años consiguió su independencia definitiva en 1962. Es el país más extenso del continente, con unos 38.000.000 de habitantes. Es un país de mayoría árabe y musulmán. El 98% de la población es musulmana y solo hay un 2% de cristianos (protestantes y católicos). La comunidad católica es una ínfima porción, no más de 10.000 fieles, asistidos por unos 110 sacerdotes y unas 170 religiosas, pero con gran vitalidad y fuerza en su testimonio de martirio y sufrimiento por dar a conocer al Señor Jesús en esas tierras. Fue la primera vez que la Iglesia celebró una beatificación en un país musulmán. Pero ¿quiénes son los mártires beatificados? Conozcamos un breve perfil de ellos. Se trata de un obispo, siete monjes trapenses, un hermano marista, cuatro sacerdotes de los Padres Blancos y seis religiosas.

El obispo Pierre Claverie, obispo de Orán, nacido en Argelia en 1938, dominico y martirizado en agosto de 1996 a los 58 años, junto a su chofer, el joven argelino Mohamed. Los monjes trapenses del monasterio de Nuestra Señora del Monte Atlas en Tibhirine: Christian de Chergé, prior, junto a Luc Dochier, Christophe Lebreton, Michel Fleury, Bruno Lemarchand, Celestin Ringeard y Paul Favre-Miville, todos ellos franceses secuestrados el 26 de marzo de 1996 y decapitados probablemente el 21 de mayo del mismo año. El hermano marista francés Henry Vergès, muerto el 8 de mayo de 1994, a los 63 años, junto a la hermana Paul-Hélène Saint-Raymond, francesa de las Pequeñas Hermanas de la Asunción. Las religiosas españolas Esther Paniagua Alonso, de 45 años y Caridad Álvarez Martín, de 61 años, de la Congregación de las Agustinas Misioneras, martirizadas el 23 de octubre de 1994, cuando iban a misa. También cuatro sacerdotes de los Padres Blancos, congregación de misioneros presentes en África desde el siglo XIX. Todos ellos fueron martirizados el 27 de diciembre de 1994. Se trata del padre Jean Chevillard, francés de 69 años; el padre Alain Dieulangard, francés de 75 años; el padre Charles Deckers, belga de 70 años; y el padre Christian Chessel, francés de 36 años, el más joven de todos los beatificados. La hermana Ángela María, nacida en Túnez, de 61 años; y la hermana Bibiane, francesa, de 36 años, ambas martirizadas el 3 de septiembre de 1995, en la capital Argel, a la salida de la misa. Y finalmente la hermana Odette Prévost, francesa de 63 años, de las Pequeñas Hermanas del Sagrado Corazón, de la espiritualidad de Charles de Foucauld, martirizada en Argel el 10 de noviembre de 1995. Todos ellos son la gloria de Dios de la pequeña y sufrida Iglesia que peregrina en Argelia. La película De dioses y hombres de 2010 se inspira en el martirio de los trapenses.

Pero este artículo quiere tener más bien una mirada de diálogo interreligioso, debido al contexto de Argelia y de estos mártires. Aunque la Iglesia eleva a la santidad solo a fieles católicos, hay un detalle particular en esta ocasión. El afiche oficial de la misa, además de mostrar a los beatificados, incluyó excepcionalmente la figura del joven argelino musulmán, Mohamed Bouchikhi. Se trata del chofer del obispo Claverie, de solo 21 años y que murieron acribillados juntos. Pertenecía a una familia musulmana muy cercana a la comunidad católica. Conoció al obispo cuando éste necesitó cambiar de chofer. Mohamed escribió un diario íntimo, en un cuaderno, junto a algunas cartas. Vivió marcado por la guerra civil argelina, con una vida interior muy rica y una madurez que lo ayudó a tomar conciencia del peligro. Ambos son mutuamente hospitalarios porque son hermanos, hijos del mismo Padre. El obispo no quiere convencer a Mohamed para que abandone su fe musulmana. Mohamed “hospeda” al cristiano Pierre desde su islamismo, y sus creencias personales no son impedimento para que crezca entre ellos una honda amistad. El dramaturgo francés Adrién Candiard creó la obra de teatro Pierre y Mohamed en 2011, inspirado en los escritos teológicos del obispo y en el diario y las cartas de Mohamed. Ha tenido múltiples representaciones en Francia, Argelia, Argentina y otros países. La obra de teatro plantea la cuestión delicada de la amistad y del diálogo entre cristianos y musulmanes en el contexto terrible y confuso de la Argelia de los años noventa.

 

La amistad de Pierre y Mohammed es el mejor testimonio de diálogo interreligioso, más aún que las charlas, conferencias, escritos, encuentros en torno al diálogo interreligioso. Ambos reflejaron una profunda espiritualidad, cada uno desde su mirada de fe, y lo supieron demostrar en su sincera amistad y en el momento final de sus vidas, con su sangre mezclada de mártires.

Las últimas palabras del cuaderno de Mohamed expresan muy bien lo que había en su corazón: “En nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, antes de levantar mi lapicera, les digo: la paz sea con ustedes. Agradezco a quien vaya a leer mi libreta de recuerdos, y le digo a cada uno a quien he conocido en mi vida que le agradezco. Digo que serán recompensados por Dios en el último día. Perdón a quien le haya hecho mal, perdóneme. Perdón a quien haya oído de mi boca una palabra malvada, y le pido a todos mis amigos que me perdonen a causa de mi juventud. Pero en este día en que les escribo, me acuerdo de lo bueno que he hecho en mi vida. Que Dios, en su infinito poder, haga que yo le esté sometido, y me otorgue su ternura”.

 

Pbro. Hugo Patricio Yáñez Canales